El Tranvía del Tiempo
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Entrevistas

"Sumérgete en historias auténticas y personales. Conoce a las voces detrás de la experiencia."

Diario del inmigrante


Entrevistas a Inmigrantes


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Editorial

En estas páginas, el lector emprenderá un viaje a través de las voces de quienes hicieron de Berisso su hogar. El Diario del Inmigrante nace con el propósito de preservar esas historias que no siempre llegan a los libros, pero que laten en cada esquina de la ciudad.

Cada entrevista es una ventana abierta a la memoria viva de nuestra comunidad. Queremos que, al recorrer estas páginas, el lector escuche los acentos entrelazados, sienta el aroma de las comidas típicas y descubra el brillo en la mirada de quienes, desde distintos rincones del mundo, tejieron la identidad de esta Capital Provincial del Inmigrante.

Estas entrevistas surgieron de una curiosidad temprana y de un profundo deseo por entender nuestras raíces. Entre los 10 y 15 años comencé a registrar los relatos de inmigrantes que llegaron a Berisso con la esperanza de construir un nuevo hogar. Eran conversaciones sencillas, compartidas en la mesa de una cocina o en el patio de una casa, donde el aroma del café se mezclaba con los recuerdos del mar y de la tierra dejada atrás.

Aquellos primeros trabajos escolares fueron el inicio de un viaje que hoy continúa en estas páginas. Con el paso del tiempo, y gracias al apoyo de herramientas de inteligencia artificial, las preguntas fueron reformuladas y los textos recuperaron su brillo original, con un marco más formal y emotivo, pero conservando siempre la esencia de quienes dieron su voz.

Cada testimonio aquí presente es parte viva de la memoria colectiva de Berisso —ciudad de fábricas, muelles y sueños compartidos— y un recordatorio de que la historia revive cada vez que la escuchamos con atención y respeto.

El Tranvía del Tiempo invita a recorrer esas voces, a detenerse en cada estación del pasado y a recordar que, en cada relato, late la identidad de toda una comunidad.

Edición Nº2
20 de Octubre de 2025
Entrevistados

Eufemia Raptopulus, entrevistada en Septiembre de 1995

Marcelo Blanco , entrevistado en Septiembre de 1995

Lorenzo Dante Anzolini, entrevistado en Septiembre de 1984

Guido Zecchel, entrevistado en Septiembre de 1986

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El Viaje de la Esperanza: La Historia de una Inmigrante Griega en Berisso

Entrevista a Eufemia Raptópulus - Berisso, Septiembre de 1995

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Nos encontramos con Doña Eufemia Raptópulus en su hogar, un espacio lleno de íconos ortodoxos y el aroma a café griego. A sus 72 años, su voz es suave pero firme, y sus ojos, reflejan la vasta travesía de una vida que comenzó a miles de kilómetros. Eufemia, una de las matriarcas de la colectividad helénica en Berisso, nos invita a desandar el camino que trajo a su familia desde las costas del Egeo hasta el Río de la Plata.

P: Doña Eufemia, es un placer conversar con usted. En este año, 1995, se cumplen 72 años desde que usted llegó a Argentina, siendo apenas una bebé. ¿Qué significado tiene para usted esta tierra que la vio crecer?

ER: (Con una sonrisa serena) Es mi tierra. Mi alma está aquí. Aunque nací en Grecia, mi vida, mis recuerdos, mi familia… todo es de aquí. Argentina nos dio un puerto, un futuro. Mis padres, ellos sí que fueron los valientes. Yo fui solo un equipaje más, pero para ellos, este fue el comienzo de una nueva vida, lejos del dolor que dejaron atrás.

P: Hablemos de ese origen. Usted nació en Grecia, y sus padres decidieron emigrar en 1923. Ese fue un momento particularmente difícil para la región, marcado por la Guerra Greco-Turca y la "Catástrofe de Asia Menor". ¿Qué recuerda de lo que le contaron sus padres sobre ese contexto?

ER: Mis padres no hablaban mucho de ello, era un recuerdo muy doloroso. La expulsión de los griegos de Asia Menor, la tragedia de Esmirna... fue una herida muy grande. Había mucho miedo, mucha inestabilidad. Mi padre era de un pueblo pequeño y vio cómo todo se derrumbaba. Decidieron que no había futuro para sus hijos allí. El trauma de la guerra y la pobreza los empujaron. Argentina se presentaba, para muchos griegos en ese tiempo, como una tierra de paz y de trabajo, aunque fuera lo desconocido.

P: Su familia tomó la decisión de subir a un barco sin saber exactamente su destino final. ¿Cómo es posible tomar una decisión tan radical?

✍ Admin Fabián Pinarello
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ER: (Mueve la cabeza lentamente) Es la desesperación, y también una fe inmensa. Mi madre me contaba: "Subimos, y al preguntar el destino, nos decían que el barco nos llevaría a donde había futuro". La gente se embarcaba en cualquier vapor que saliera de Europa del Este, con la esperanza de que los llevara a un lugar seguro, lejos de los conflictos. Algunos fueron a Estados Unidos, otros a Australia, pero el vapor que tomamos terminó en el Río de la Plata. Mis padres no eligieron Argentina; Argentina los eligió a ellos. Nos instalamos, como muchos, cerca del puerto y de las grandes industrias que ofrecían trabajo.

P: Al llegar, la comunidad griega en Argentina, y particularmente en Berisso, era pequeña, pero muy unida. ¿Cómo fue ese primer contacto con la vida de inmigrante en una ciudad tan marcada por otras colectividades, como la italiana y la eslava?

ER: Fue como un abrazo. En Berisso había de todo, era una Babel. Los griegos éramos pocos, pero nos juntábamos. Los hombres iban al frigorífico, a las fábricas, o abrían pequeños comercios. Lo importante era la iglesia, el café, el idioma. Allí, en los encuentros de la colectividad, sentíamos que volvíamos a casa. Nos ayudábamos en todo. Mantuvimos nuestras tradiciones, el baile, la comida, la fe ortodoxa, para no perdernos. Berisso nos enseñó que se puede ser argentino sin dejar de ser griego.

P: En esa época, los inmigrantes griegos de 1923 se distinguían por venir de diversas partes del imperio otomano en colapso. ¿Cómo vivían ellos el sueño argentino?

ER: Los que vinieron en esa oleada, como mis padres, eran personas que habían perdido casi todo. Por eso, el sueño no era hacerse ricos; el sueño era la estabilidad, la comida en la mesa y que sus hijos no tuvieran que vivir en guerra. Para ellos, Argentina era un paraíso de oportunidades. Ver que yo podía ir a la escuela, hablar el idioma sin miedo y jugar libremente, era su mayor recompensa. Se deslomaron trabajando, pero siempre con una dignidad inmensa.

P: Usted formó su familia y continuó ese legado aquí en Berisso. ¿Qué mensaje intenta transmitirles a sus familiares sobre esa doble identidad: ser argentinos y llevar la sangre helénica?

ER: Les digo que la sangre es fuerte. Que recuerden la valentía de los abuelos, que cruzaron el mar por ellos. Pero también les digo que sean agradecidos con esta tierra. Que estudien, que trabajen y que nunca olviden el significado de filotimo—ese concepto griego de honor, de hacer el bien, de ser generosos. Es la herencia más grande que les podemos dejar. Mi corazón late en español, pero sueña en griego. Y eso es una riqueza inmensa.

P: Después de 72 años, y de ser testigo de cómo la comunidad griega en Berisso ha crecido y evolucionado, ¿hay algo que le dé particular orgullo?

✍ Admin Fabián Pinarello
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ER: Me da orgullo ver que el alma de Grecia sigue viva aquí. Cuando veo a los jóvenes bailar el sirtaki en las Fiestas del Inmigrante, cuando escucho el idioma en la iglesia, o cuando se mantienen vivos los centros culturales, siento que el sacrificio de mis padres no fue en vano. Hemos sembrado una parte de Grecia en Argentina, y ha florecido.

Doña Eufemia nos regala un pequeño kouloúri (rosca de pan) casero al despedirnos. Su historia, aunque comenzó en la incertidumbre del mar, es un ejemplo de cómo la tenacidad y la preservación de las raíces pueden construir un hogar sólido en la tierra prometida. Es el testimonio vivo de la oleada migratoria griega que encontró en Berisso un nuevo Olimpo de esperanza.

✍ Admin Fabián Pinarello
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El Viaje de la Esperanza: La Historia de un Inmigrante Español en Beriss

Entrevista a Marcelo Blanco, 76 años, oriundo de España - Berisso, Septiembre de 1995

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Nos encontramos con Marcelo en su casa de Berisso, donde ha echado raíces a lo largo de décadas. A sus 76 años, sus ojos reflejan el peso de un viaje que lo marcó para siempre, un viaje que lo trajo desde España hasta la Argentina.

P: Marcelo, es un honor poder conversar con usted. Su partida de España es un momento muy emotivo. ¿Qué recuerda de ese día y, en especial, de las palabras de su padre cuando se despidieron?

MB: (Una pausa, una mirada que se pierde en el tiempo) Era el 24 de enero de 1936, recuerdo el puerto, el olor a sal, el bullicio. El viaje fue una incertidumbre. Pero lo más duro fue la despedida de mi padre. Él me abrazó fuerte y me dijo una frase que nunca olvidé: "Te vas a la Argentina y no te veo más". Yo, con la inocencia de un joven, le respondí: "Sí, papá, voy a volver". Pero él tenía razón. No lo volví a ver nunca más.

P: Imagino la angustia de ese viaje y el momento de su llegada, en el que se encontró solo al ser menor de edad. ¿Qué pasó cuando pisó tierra argentina?

MB: El barco llegó el 7 de febrero. Al desembarcar, me encontré solo. Tuve que dormir en las oficinas de migraciones por ser menor de edad, una noche llena de miedo e incertidumbre, sin saber qué me depararía el día siguiente. Fue una experiencia muy solitaria. Afortunadamente, mi hermano mayor, que ya vivía aquí, me vino a buscar. Su cara fue mi salvación. Él me dio una nueva vida y me trajo a esta ciudad, donde pude empezar de nuevo.

P: Dejar a su familia —padres, hermano y hermana— fue un acto de gran valentía. ¿Cómo se sintió al tener que dejar a los suyos y construir una nueva vida tan lejos de sus raíces?

MB: Dejar a mi familia en España fue el precio de la esperanza. El desarraigo es una herida que no se cierra, una sensación de vacío. Sin embargo, en Berisso encontré una nueva familia, nuevos amigos y una vida que, aunque lejos de mis raíces, me dio la oportunidad de crecer. Por eso digo que la Argentina me dio todo. Me dio un futuro, aunque me haya costado el pasado.

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La adaptación a una Nueva Vida

P: ¿Qué fue lo más difícil de la adaptación a Berisso, más allá de la lejanía? ¿Y cómo lo ayudó su hermano en ese proceso?

✍ Admin Fabián Pinarello
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MB: Lo más difícil fue el idioma. Aunque el español es similar, el acento, las palabras, todo era nuevo. La gente hablaba muy rápido. Mi hermano me ayudó mucho con eso, pero sobre todo, me enseñó a trabajar. Me dio un oficio. Trabajamos en lo que saliera. Él me inculcó la ética del esfuerzo, la idea de que aquí, si trabajabas, podías construir un futuro. Fue mi guía, mi padre y mi amigo en esta tierra

P: Usted ha sido testigo de la evolución de Berisso, una ciudad forjada por inmigrantes. ¿Qué le diría hoy a los jóvenes de la ciudad que a veces desconocen la historia de sus abuelos?

MB: Les diría que la identidad de Berisso está en las manos curtidas de sus abuelos, en las recetas de sus abuelas, en los cantos de sus bisabuelos. Que no se olviden de esa herencia. Esta ciudad no se construyó de la nada. Se construyó con sacrificio, con un amor profundo por la tierra que nos dio una segunda oportunidad. El mayor legado que podemos dejarles es ese: la memoria de que la fuerza de una comunidad reside en la unión, en el respeto por las diferencias y en el trabajo. Que valoren sus raíces, pero que sigan construyendo su futuro con la misma fuerza que nosotros.

El relato de Marcelo no es solo la historia de un hombre, sino el testimonio de miles de niños que, impulsados por la necesidad, abandonaron sus hogares para construir una nueva vida en una tierra desconocida. Es una historia de valentía, sacrificio y esperanza que resuena en cada rincón de Berisso.

✍ Admin Fabián Pinarello
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El Eco de la Nostalgia, El Destino Trazado

Entrevista a Lorenzo Dante Anzolini - Berisso, Septiembre de 1984

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Nos encontramos con Don Lorenzo Dante Anzolini en su casa de Berisso. Este hombre de manos fuertes y mirada profunda irradia la tenacidad de su tierra natal, el Friuli-Venezia Giulia. Originalmente un carpintero con instrucción en Italia, Don Lorenzo se reinventó en esta ciudad como transportista, un oficio que lo convirtió en un engranaje fundamental del movimiento de la región.

P: Don Lorenzo, muchas gracias por recibirnos. Es un placer hablar con alguien que ha llegado a una edad tan respetable con tanto camino recorrido. Usted nació en San Michele al Tagliamento. ¿Qué recuerda de su juventud en Italia antes de tomar la decisión de emigrar?

LA: (Asiente con la cabeza, pensativo) La bella Italia. Yo fui carpintero desde muy joven. Estudié la madera, el oficio, era mi vida. Pero la guerra… la Segunda Guerra Mundial destrozó todo. El país quedó exhausto, no había futuro para un artesano. Mis manos sabían construir, pero no había material, no había encargos. La idea de no poder tener una vida digna me quemaba. Ahí es donde uno mira al mar y piensa: al otro lado debe haber algo.

P: Y esa búsqueda lo trajo a Argentina, pero mucho después que otros paisanos. Usted llegó un 23 de noviembre de 1948. ¿Cómo fue esa travesía y por qué el puerto de Nápoles?

LA: Sí, éramos la segunda ola, los de la posguerra. Salimos de Nápoles en el barco Vesubio. Ese viaje fue muy diferente al que contaban los viejos. No era la ilusión ciega, era la necesidad, la urgencia. Familias enteras escapando de la ruina, no de la miseria, sino de la ruina total. Llegamos al puerto de Buenos Aires y luego a Berisso. Ver esta ciudad llena de actividad, con los frigoríficos, la gente trabajando... fue un alivio inmenso. Era como si el tiempo de guerra se hubiera quedado atrás.

P: Al llegar a Berisso, ¿siguió trabajando en la carpintería?

LA: El trabajo era intermitente. Lo que Berisso necesitaba, por el auge de los frigoríficos y el puerto, era mover cosas. El progreso se medía en la velocidad con la que llegaban y salían las mercaderías. Si la madera no te da para comer, había que ir por el trabajo sobre ruedas". Y así fue. Compre un camión y fundamos nuestra pequeña empresa de transporte.

P: Un cambio radical de la precisión del carpintero a la rudeza del transportista. ¿Qué fue lo más difícil de ese nuevo oficio?

✍ Admin Fabián Pinarello
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LA: El cambio de mentalidad. La carpintería es arte, es silencio, es pensar. El transporte es prisa, es barro, es motor. Pero ambos necesitan responsabilidad. Mi camión era el pan de mi familia. Si paraba, no comíamos.

P: ¿Hubo algún sacrificio personal que usted sintió más profundamente al comenzar de nuevo?

LA: La nostalgia siempre está. Pero el mayor sacrificio fue la juventud que perdimos tratando de empezar de cero. El Vesubio me trajo, pero me dejó sin tiempo para descansar. Sin embargo, el esfuerzo valió la pena. Aquí en Berisso, forme una familia y crie, con mi esposa Lucila Wawzyniak, a nuestros hijos, les dimos una educación.

P: Don Lorenzo, usted ha recorrido todas las rutas de Berisso por décadas. ¿Cuál es el legado que le gustaría dejar?

LA: Que no se olviden del valor del trabajo con oficio. Yo fui un carpintero que se hizo transportista, pero la lección es la misma: hacer las cosas bien, con disciplina. Berisso fue una tierra que no nos preguntó de dónde veníamos, solo nos preguntó cuánto queríamos trabajar.

P:Don Lorenzo ¿Qué le diría a los mas jóvenes?

LA:A los jóvenes les diría: No renieguen del esfuerzo. El camino se hace andando, y a veces, la herramienta que soñaron no es la que necesitan. Yo dejé el cepillo por el volante, y el volante me dio la vida. Sean honestos y miren siempre hacia adelante. El futuro se construye, no se espera

Don Lorenzo se despide con un gesto amable, volviendo a su taller, un rincón de Berisso que es, a la vez, Friuli y el rastro de todas las rutas que cruzó.

✍ Admin Fabián Pinarello
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La Resiliencia en el Frío y el Regreso a la Vida

Entrevista a Guido Zecchel - Berisso, Septiembre de 1986

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Don Guido Zecchel nos recibe en su casa de La Plata, donde se respira la paz de una vida dedicada al trabajo. Sus ojos, profundos y oscuros, nos observan con una calma que desmiente la juventud que tuvo que enfrentar el infierno. Nacido en Treviso, en la región del Véneto, Don Guido es parte de esa generación que dejó la belleza de Italia para encontrarse atrapada en el torbellino de la Segunda Guerra Mundial.

De Treviso al Frente: La Guerra Inevitable

P: Don Guido, muchas gracias por su tiempo. Su historia es la de una supervivencia increíble. Usted era un joven de Treviso cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo fue ese momento en el que tuvo que alistarse??

GZ: (Suspira, con las manos apoyadas en sus rodillas) Uno no elige la guerra, ¿sabe? La guerra lo elige a uno. Yo era joven, con ganas de trabajar en mi tierra, de tener mi familia. Pero cuando la patria llama, el deber es fuerte. Me alisté con la esperanza de que fuera rápido, de que pudiera volver a mi Treviso. Nunca imaginé el camino que me esperaba

P: El destino lo llevó lejos. Las fuerzas alemanas lo capturaron. ¿Qué sintió al encontrarse tras las alambradas de un campo de prisioneros?

GZ: Miedo, al principio. Mucho miedo. Pero el miedo da paso al vacío, y luego, a la rabia. Éramos números, no hombres. Todo era gris. Barracones, el frío que te calaba los huesos, y el hambre. El hambre, ah, es el enemigo más cruel. Te quita la dignidad, te quita la memoria.

P: Se ha dicho que en esas condiciones extremas, la supervivencia exige sacrificios impensables. ¿Cómo lograban ustedes, los prisioneros, mantenerse con vida con el racionamiento?

GZ: (Su voz se endurece un momento, mirando a un punto fijo) La gente no lo entendería. Uno hace lo que tiene que hacer. Para seguir viviendo, para no dejar que el alma se rinda. Había días en que no quedaba nada, que el dolor en el estómago era insoportable. Si había ratas, si había lo que fuese que te daba una pizca de energía... no te preguntas. Solo sobrevives. Es la ley de la naturaleza. Pero lo importante no era lo que comías, sino la solidaridad. El compartir lo poco que tenías. Eso era lo que nos hacía humanos.

P: Usted se convirtió en un faro de esperanza para sus compañeros, contándoles historias y cantando.

✍ Admin Fabián Pinarello
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GZ: Era lo único que teníamos, el recuerdo. Si cerrábamos los ojos y yo les cantaba una canción de nuestra tierra, estábamos en Italia por un minuto. Les contábamos los aromas, el vino, los campos de Treviso. Eso nos recordaba que había una vida esperando. La esperanza es el único alimento que no se termina en la guerra.

La Fuga y la Promesa de Argentina

P: En un momento de la noche, usted y un compañero lograron escapar. ¿Cómo fue esa huida, con el miedo a ser recapturados?

GZ: Fue la decisión de un segundo. Vimos una oportunidad y solo corrimos, sin pensar. Un compañero y yo. Conseguimos unas bicicletas viejas, no sé de dónde, y solo pedaleamos. Pedaleamos dos días, dos noches, sin parar, por caminos que no conocíamos, con el sonido de los disparos aún en la cabeza. No pensábamos en el hambre ni en el cansancio. Solo pensábamos en Italia. La imagen de mi tierra natal me daba la fuerza en las piernas.

P: Finalmente, llegó a Treviso, pero la vida en la posguerra también era incierta. ¿Cuándo toma la decisión de venir a Berisso?

GZ: Mis hermanos ya estaban aquí. Habían venido antes, buscando escapar de la brutalidad que se sentía en Europa. Me dijeron: "Aquí hay paz, Guido. Aquí hay trabajo". La guerra me había quitado mi juventud, pero no mis manos. Aquí me reencontré con mi familia y pude dedicarme al oficio de techista. Era un trabajo honesto, bajo un cielo tranquilo. Esa fue mi recompensa.

El Legado de la Calma

P: Usted ha vivido en Berisso y ha visto crecer esta ciudad. ¿Qué le dejó la experiencia de la guerra que aplica en su vida diaria?

GZ: Si bien vivo en La Plata, Berisso también es mi Patria. La calma. La absoluta calma. Después de ver lo peor del ser humano, uno aprende a valorar el sol de la mañana, un plato de comida en la mesa, y el silencio. Nada es tan grave como un campo de prisioneros. Por eso, mi consejo a los jóvenes de hoy es que no pierdan la paz por cosas pequeñas. Que valoren la familia y el trabajo.

P: Su historia es un testimonio de resiliencia.

GZ: La vida me dio batallas, pero me dejó el alma intacta. Los años después de la guerra fueron un regalo. Vivir en La Plata, con mi familia en Berisso, tener un hogar, es la verdadera victoria.

Don Guido se despide, con un apretón de manos firme. En su mirada se intuye la historia de las alambradas, pero su sonrisa final habla de la redención y la paz que encontró en esta ciudad portuaria.

✍ Admin Fabián Pinarello
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Desembarco Simbólico Fiesta Provincial del Inmigrante en Berisso

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El viento en la explanada del Puerto La Plata no trae solo frío; trae el eco salobre de otros mares, el rumor de lenguas perdidas y la fragancia amarga de la nostalgia. Este no es un simple espectáculo; es la respiración de Berisso, el pulso ineludible de su fundación.

A lo lejos, en la neblina que confunde el río con el horizonte, la silueta de la barcaza emerge lentamente. Es el portal del tiempo abriéndose, y en su cubierta, un puñado de figuras vestidas con harapos y abrigos pesados se aferran a maletas de cartón. Son los Inmigrantes, nuestros antepasados, que reviven en un instante. No tienen nombres específicos—son todos: el napolitano, el polaco, el ucraniano, el griego—un crisol de almas unidas por el hambre, la guerra y una fe inquebrantable.

La multitud en la orilla se queda muda. En ese silencio cargado de historia, el público no es espectador, es memoria. Cada persona revive la despedida trágica en el puerto de origen, el mar indomable, la promesa susurrada de una vida mejor. Se sienten las manos ásperas que pronto trabajarán la tierra y las lágrimas de la madre que nunca volverá a ver su hogar.

Cuando el bote roza la escollera, el aire se quiebra. Es el momento cumbre, la ruptura emocional: el fin de la travesía y el inicio de la Argentina. Las figuras simbólicas dudan un instante; la tierra prometida es, al fin, palpable. Al pisar el suelo berissense, no solo tocan la arcilla; siembran una nueva identidad.

Entonces, la escena se transforma. Los reciben sus descendientes, vestidos con los colores vibrantes de sus colectividades. Las banderas del mundo se izan al unísono, no en disputa, sino en armonía. El lamento del viaje se disuelve en un grito de bienvenida. Es el hijo que recibe al padre, la nieta que consuela a la abuela.

El Desembarco Simbólico es el abrazo colectivo de una ciudad a su propia historia. Es la confesión pública de que Berisso es una comunidad hecha de retazos, de sacrificios y de lenguas mezcladas. Al final del acto, el aplauso no es para los actores; es para el coraje fundacional que forjó esta tierra, recordándonos que somos el resultado orgulloso de esa travesía que culminó, hace ya muchas décadas, en esta orilla.

✍ Admin Fabián Pinarello
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Diario del Inmigrante


Ecos del Alma


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